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¿Qué es un traductor?

           

                        Al contrario de lo que piensa la mayoría de las personas que en algún momento requieren una traducción, para traducir no basta con hablar dos lenguas. Un traductor es mucho más que una persona bilingüe. Más aun, para ser un buen traductor ni siquiera es condición indispensable ser verdaderamente bilingüe. Es necesario, sí, poseer un minucioso conocimiento del léxico, la gramática y el uso de la lengua origen (la lengua de la que se traduce), y estar constantemente al día con los nuevos giros y términos que surgen en ella, así como con los acontecimientos culturales, políticos y sociales que tienen lugar en los países en los que se habla; todo esto aunado, por supuesto, a un excelente dominio de la lengua término (la lengua a la cual se traduce). Pero muchos de los mejores traductores no pueden hablar correctamente en la lengua de los autores que traducen y, como bien puede atestiguar cualquier persona bilingüe que haya intentado emprender una traducción, para traducir hace falta mucho más que entender todas las palabras de un texto.

                        Un traductor es, ante todo, un intérprete. No un intérprete como los que practican la interpretación simultánea o consecutiva, quienes trabajan con la lengua hablada, sino un intérprete de textos. Para llevar a cabo su trabajo, debe entender cabalmente cada idea presentada en la lengua origen y expresarla en la lengua término tratando de mantener una correspondencia lo más estrecha posible con la gama de significados que contenía en su expresión original. La traducción requiere a menudo un trabajo detectivesco de investigación del léxico, la semántica y la pragmática –muchas veces dificultado por la falta de contexto- que exige que el traductor posea o adquiera antes de emprender la traducción, una comprensión general del tema en el que trabaja. De lo contrario, aunque entienda todo el vocabulario del original, sólo estará presentando palabras vacías (lo que suele llamarse “traducción literal”). Es por ello que los traductores con experiencia suelen ser personas versadas en temas diversos. Y en algunos casos llegan a conocer un producto, una tecnología o una metodología, a tal nivel de detalle que detectan errores de los cuales ni siquiera los autores de los textos en los que aparecen se habían percatado; esto los coloca, cuando no existe la posibilidad de ponerse en contacto con el autor, en la disyuntiva de reproducir el error tal como aparece en la lengua origen, o corregirlo y cambiar –mejorar, de manera indirecta- el original.

                        Además de ser un intérprete de textos, el traductor debe ser un buen escritor. No porque la literatura sea la principal fuente de empleo en esta profesión –todo lo contrario-, sino porque, aunque se dedique exclusivamente a trabajar con materiales técnicos, de su talento para reproducir estilos depende también la calidad de su trabajo. Por ejemplo, para traducir un manual técnico, deberá reproducir recursos estilísticos tales como repeticiones, oraciones cortas, concisión y claridad en la sintaxis; mientras que trabajando con un texto publicitario probablemente deberá evitar justamente este tipo de recursos y emplear sofisticadas estrategias creativas. Es precisamente por la dificultad que conlleva este proceso que la mayoría de los traductores se especializan en áreas determinadas (traducción médica, legal, técnica, etc.). Excepto en el caso de la literatura, el traductor debe, ante todo, procurar que sus traducciones tengan el “sonido” y el estilo de la lengua término, por lo que debe evitar toda interferencia de la lengua origen; y esto, como bien sabe cualquier persona bilingüe, no siempre es fácil.

                        Si se tienen en consideración las múltiples capacidades que debe tener un traductor, no resulta en absoluto sorprendente el hecho de que hasta el día de hoy, con todos los avances tecnológicos con que contamos, no se haya podido crear un programa de traducción eficiente. Sin embargo, cuando se iniciaron los estudios de inteligencia artificial en el área de la ciencia de la computación, una de las primeras aplicaciones en que se enfocaron fue justamente la de la traducción, pues se pensaba que todo lo que hacía falta para crear un buen programa para traducir era un diccionario, con un conjunto de reglas gramaticales y sintácticas. No se tomó en cuenta el hecho de que las lenguas naturales, al igual que las sociedades y las culturas en las que se originan, son sistemas abiertos que están en constante evolución, y que el significado de las palabras está determinado en gran medida por el uso que de ellas se hace. De allí que el trabajo del traductor implique un proceso creativo que involucra complejas capacidades cognitivas, y un programa que simule –aunque sea de forma primitiva- el proceso que tiene lugar en su mente, está más allá de nuestra competencia tecnológica. Incluso anticipando los avances que se puedan lograr en el campo de la inteligencia artificial en el futuro, estas consideraciones hacen pensar que la traducción por computadora jamás podrá compararse con la traducción humana.

 

Claudia Giannini

University of Minnesota